Cuando la tolerancia se convierte en pecado

Me pareció sumamente actual, pertinente, profético, es solo una parte del capitulo de su libro.

Cuando la tolerancia se convierte en pecado

Billy Graham

Una de las palabras más escuchadas en esta época es “tolerancia”. Es una buena palabra, pero hemos tratado de estirarla para que abarque un área demasiado grande de la vida. La hemos aplicado demasiadas veces adonde no pertenece. La palabra “tolerante” significa “liberal”, “de mente abierta”, “dispuesto a soportar creencias opuestas a sus convicciones” y “permitir algo que no es totalmente aprobado”.

La tolerancia, en cierto sentido, implica transigir en nuestras convicciones, ceder terreno en asuntos importantes. Por ello, el exceso de tolerancia en los asuntos morales nos ha convertido en blandos, ojos y desprovistos de convicciones.

Nos hemos vuelto tolerantes al divorcio; nos hemos vuelto tolerantes al uso de alcohol; nos hemos vuelto tolerantes a la delincuencia; nos hemos vuelto tolerantes a la maldad en las altas esferas; nos hemos vuelto tolerantes a la inmoralidad; nos hemos vuelto tolerantes a las transgresiones; nos hemos vuelto tolerantes a la impiedad. Nos hemos vuelto tolerantes a la incredulidad.

En un libro publicado hace varios años que habla acerca de lo que creen algunas personas muy importantes, sesenta de cada

cien no mencionaban a Dios, y solo once de cada cien mencionaban a Jesús. Había una manifiesta tolerancia a un carácter blando y una mente “abierta” en cuanto a la moral, algo característico de nuestra época. Se nos han quitado las convicciones, nuestras creencias, nuestra fe.

Cristo era tan intolerante con el estado de perdición del hombre que dejó su elevado trono en el cielo, tomó forma de hombre, sufrió en manos de hombres malos y murió en una cruz para comprar nuestra redención. Tan grave era la situación humana que no pudo tomarla a la ligera. Con ese amor tan propio de Él, no podía tener una mentalidad abierta acerca de un mundo que estaba cautivo de sus codicias, sus apetitos y sus pecados.

Después de pagar tal precio, Jesús no podía ser tolerante ante la indiferencia del hombre hacia Él y la redención que había comprado. Él dijo: “El que no es conmigo, contra mí es” (Mateo 12:30). Y también dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

Pero la cruz es la respuesta del Señor para el pecado. Para todos los que reciben la bendita noticia de la salvación a través de Cristo, ella tacha y cancela el poder del pecado. Los guardaparques conocen bien la importancia del “incendio controlado” al combatir los incendios forestales. Para evitar que un área del bosque se queme, ellos mismos queman todos los árboles y los arbustos hasta una distancia segura; y cuando el fuego llega a ese lugar ya quemado, quienes están más allá de esa zona están a salvo de las llamas. El fuego, entonces, es combatido con fuego.

El calvario fue el medio para combatir fuego con fuego en una escala colosal. Cristo, al tomar sobre sí mismo todos nuestros pecados, permitió que el fuego del juicio por el pecado cayera sobre Él. El área que rodea a la cruz se ha convertido en un lugar de refugio para todos los que quieren escapar del juicio del pecado. Tome su lugar con Él en la cruz; quédese junto a la cruz; entregue su vida a aquel que lo redimió en la cruz, y el fuego del juicio por el pecado no podrá tocarlo jamás.

Dios es intolerante con el pecado. Esa intolerancia mandó a su Hijo a morir por nosotros. Él dijo que es “para que todo aquel que en él cree, no se pierda” (Juan 3:15). Obviamente, esto implica que quienes se niegan a creer en Cristo estarán perdidos para toda la eternidad. ¡Acérquese a Él hoy, mientras el Espíritu trabaja en su corazón!

Tomado del libro: Mis últimas palabras.

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