El náufrago en el establo

¿Crees poder encerrar las Cataratas del Niágara en una taza de té? ¿Hay alguien en nuestro entorno que presuma comprender el asombroso amor en el corazón del Abba de Jesús que inspiró, motivó y generó la Navidad? El náufrago en el establo se arrodilla frente al misterio.

Dios no ingresó a nuestro mundo con el impacto apabullante de gloria insostenible sino que tomó el camino de la debilidad, la vulnerabilidad y la necesidad. En una noche de invierno en una cueva oscura, el niño Jesús era un Dios humilde, desnudo, indefenso que nos permitió acercarnos a Él.

Todos nosotros sabemos lo difícil que resulta dar algo a quien tiene todas las respuestas, que está completamente relajado, que no le teme a nada, que no tiene necesidades y tiene todo bajo control. Ante un personaje tan distante nos sentimos irrelevantes. Y por eso Dios viene al mundo como un recién nacido, dándonos la oportunidad de amarlo, haciéndonos sentir que tenemos algo para ofrecerle.
El mundo no comprende la vulnerabilidad. Rechazamos la necesidad porque nos resulta incompetente e ignoramos la compasión por no traer ventajas. El gran engaño de las publicidades televisivas es que ser pobre, vulnerable y débil es poco atractivo.

El misterio de Belén siempre resultará un escándalo para los discípulos aspirantes que buscan un salvador triunfal y un evangelio de prosperidad. El niño Jesús nació en circunstancias comunes; nadie puede decir exactamente dónde. Sus padres no eran personas de importancia social y su comité de bienvenida fueron burros, perdedores, pastores pobres y sucios. Pero en la debilidad y la pobreza, el náufrago en el establo llegará a conocer el amor de Dios.

Desgraciadamente, a través de los siglos, la religión cristiana ha adornado al Niño de Belén. El arte cristiano simplificó el escándalo divino en pesebres de jengibre. El culto cristiano ha convertido los olores del establo en un espectáculo sentimental. (Y algunos no tan sentimentales. En una Nochebuena de hace varios años me encontraba en una parroquia de Pittsburgh, Chicago. A medianoche, una estatua del niño Jesús llegó deslizándose por un largo tubo de lavandería y se dejó caer en una cuna justo frente al altar. En el fondo, creí haber escuchado la voz de algún comediante gritando: “¡Y aquí estááááá Jesús!”).

La imaginación religiosa y la música nostálgica le quitan el factor sorpresa a la Navidad, mientras que al mismo tiempo algunos teólogos reducen el pesebre a un símbolo teológico aburrido. Pero el náufrago en el establo se rinde en adoración al niño Jesús y a la irrupción del Dios Todopoderoso, porque ni un Papá Noel, ni los renos de nariz colorada, ni los árboles pomposos y las estruendosas campanas de la iglesia puestos juntos pueden generar la revolución que el Niño Jesús genera cuando, en lugar de perpetuarse como una estatua en una cuna, se llena de vida y nos entrega al fuego que Él vino a encender.

El náufrago en el establo es el pobre de espíritu que se siente perdido en el cosmos, a la deriva en mar abierto, aferrándose entre la vida y la muerte a un tablón solitario. Finalmente, son arrastrados por las olas hasta la costa, despojados del viejo espíritu materialista en su más amplio espectro. Al náufrago no solo le resulta de mal gusto sino completamente absurdo dejarse atrapar por los árboles decorados y las experiencias religiosas (“¿No te hace sentir bien ir a la iglesia en Navidad?”). No se preocupan por su seguridad emocional ni por ningún detalle insignificante de la creación. Han sido salvos, rescatados, liberados de las aguas de la muerte a una nueva oportunidad de vida. ¡En un deslumbrante momento de verdad en el establo, descubren que Jesús es el tablón al cual se aferraron todo este tiempo sin saberlo!

Todo este tiempo que lucharon contra el viento y la tormenta, sacudidos por los mares furiosos, había algo que los sostenía sin saberlo. Estar expuestos a la privación espiritual, emocional y física los ha despojado de sí mismos y obligado a reexaminar todo aquello que consideraban importante. El náufrago no llega al establo en busca de poseer sino de ser poseído, no en busca de paz o de un nivel religioso sino en busca de Jesucristo.

El náufrago se ha detenido en el eje sobre el que gira el mundo y ha descubierto que el corazón humano fue creado para Jesucristo y realmente no puede conformarse con menos. No puede tomarse en serio las exigencias que el mundo le impone. El náufrago nos enseña que cuanto más intentamos dominar y reducir nuestros deseos, más nos engañamos y distorsionamos nuestra identidad. Fuimos hechos para Cristo, y nada podrá satisfacernos. Como escribe Pablo en Colosenses 1:16: “Todo ha sido creado por medio de Él y para Él”. Y luego: “Cristo es todo” (3:11). Solo en Él el corazón encuentra verdadero deleite en la creación.

Al coqueto preocupado por su vestimenta para Navidad, el náufrago le dice: “Vístete de Cristo”. Al comerciante cuya Biblia es son los diarios de su país y que desespera por ganar dinero, el náufrago le dice: “Solo tienes un Señor; servirle a Él es incompatible con cualquier otra servidumbre”. Al personaje influyente que se esfuerza por lograr resultados, el náufrago le dice: “Independientemente de tu grado de influencia, lo máximo que puedes hacer es cambiar la decoración de un mundo que ya va en camino a su propia muerte”.

El náufrago está sobre tierra firme. Vive sobre la verdad y está asentado sobre la realidad. No recibe órdenes del mundo. Frente a un obstáculo, la vanidad del mundo les resulta ridícula, excesiva, absurda.
¿Puedes oír lo que el náufrago dice? Deja ir tus deseos miserables y expande tus expectativas. La Navidad significa que Dios nos ha dado nada menos que a sí mismo, y su nombre es Jesucristo.

leon

La próxima Navidad, no estés dispuesto a conformarte con otra cosa. No pidas “solo una tostada de pan” cuando hay un desayuno continental en el menú. No te des por satisfecho con unas gotas de agua cuando Dios tiene un océano de Él mismo para ofrecerte. No te conformes con una Navidad “agradable” cuando Jesús dice: “Es la buena voluntad del Padre darles el Reino”. Oren, vayan al trabajo, jueguen en familia, coman torta, intercambien regalos, canten villancicos, alimenten a los hambrientos, consuelen a los que están solos y háganlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Brennan Mannig
Extraído del libro León y Cordero.

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